El acelerado avance en el rendimiento de algunos productos masivos que emplean inteligencia artificial (IA) para producir textos y entablar lo que parece un diálogo fluido con un humano atento y exquisitamente informado ha llevado a muchos a considerar que ese intercambio es lingüístico y constituye de hecho una conversación no sustantivamente diferente de la que podría entablarse con alguna persona. Debemos tener en cuenta que, para atribuir a algo o alguien la capacidad de hablar o usar el lenguaje, se requiere también atribuirle intencionalidad comunicativa y esto, a su vez, presupone que hay estados mentales que son las causas de las intenciones comunicativas. En tanto en este momento no es posible atribuir estados mentales a la IA, pues los estados mentales requieren como mínimo de consciencia nuclear y, en condiciones normales, consciencia autobiográfica, no sería apropiado atribuir a la IA la capacidad de hablar ni la de usar el lenguaje. Aunque no falta quien cree que estos mecanismos ya han alcanzado inclusive un nivel de consciencia semejante al humano, al hacerlo, amplían tanto el concepto de “uso de lenguaje” como de “consciencia” a un extremo tal que podría trivializarlos, es decir, serían aplicables a tantas cosas que dejarían de ser explicativamente útiles. De esto queremos conversar en esta mesa, observando sus implicancias para nuestras concepciones acerca de la naturaleza, el origen y el uso del lenguaje.

María de los Ángeles Fernández Flecha

Pablo Quintanilla

Miguel Rodríguez Mondoñedo
